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Los balnearios, famosos ya en el mundo
de los antiguos griegos y romanos, son centros de salud donde reponerse de
numerosas dolencias de todo tipo. En el éxito de estas instalaciones,
además de las propiedades curativas de sus aguas, influyen el ambiente de
extremado reposo y tranquilidad, su situación privilegiada dentro de
espacios naturales con aire limpio y puro, y la actitud positiva del
paciente que va a disfrutar de unos días de cuidados del cuerpo y del
alma. Los baños han interesado siempre al hombre. Los tomados en aguas
tenidas por sagradas, como las del río Ganges, son inmemoriales. La
práctica del baño se menciona en el Antiguo Testamento como requisito
purificador después de ciertas acciones o accidentes. Los judíos esenios
institucionalizaron el baño ritual, y el bautismo cristiano es, en
esencia, uno de estos baños simbólicos, lo mismo que las abluciones
islámicas.
El empleo balneario del
agua caliente en la civilización mediterránea tuvo su origen en los
griegos y ya sus médicos tenían mucha fe en el poder curativo de ciertas
aguas. De hecho, los templos de Esculapio, dios de la medicina, solían
erigirse en las cercanías de manantiales de esta clase. Los romanos
fueron entusiastas de los baños en todas sus formas: en frío y en
caliente, en agua dulce y en el mar, y fueron grandes buscadores de aguas
minero-medicinales.
En Estados Unidos se
supone que los manantiales calientes de Arkansas son la "Fuente de
Juventud" que buscaba el español Ponce de León cuando descubrió la
Florida. Las propiedades curativas de las aguas de Saratoga Springs eran
conocidas por los indios antes de 1535, y los blancos ya utilizaban las de
White Sulphur Springs hacia el 1778.
En Europa el baño renace
tímidamente en los siglos XVII y XVIII, tras haber sido repudiado por
prejuicios morales por el Occidente cristiano, aunque en un principio era
defendido por escasos médicos y curanderos. Sólo en 1890, Priessnitz
sienta los principios de la hidroterapia, Kneipp la divulga, y,
finalmente, Winternitz establece las indicaciones y queda definida y
conocida como un valioso recurso terapéutico.
El empleo de las aguas
minerales en los balnearios y bajo la dirección de médicos competentes
puede producir resultados beneficiosos en el tratamiento de muchos
trastornos crónicos y durante la convalecencia de otros agudos. A ello
contribuyen, sin duda, de manera muy importante, el cambio de ambiente y
de costumbres, la ausencia de preocupaciones domésticas o comerciales y
el ejercicio al aire libre y puro. Pero nunca ha de olvidarse que las
aguas sólo deben tomarse con un fin determinado, durante un cierto
tiempo, y siempre bajo la vigilancia del médico.
Se
acepta, en general, que la materia mineral del agua resulta más efectiva
cuando se administra en disoluciones relativamente grandes y que las aguas
calientes producen efectos más notables que las frías. La investigación
científica ha revelado que el valor terapéutico de un agua mineral no se
debe enteramente a sus componentes principales; se supone que la presencia
de indicios de elementos como cobalto, boro, yodo, titanio, cobre,
estaño, cinc, manganeso, circonio y otros, puede tener una notable
acción sobre las células del organismo, pues algunos de los elementos
citados son componentes esenciales de enzimas muy importantes.
Aplicación
de las aguas
La aplicación externa de
las aguas minerales puede hacerse en forma de baños o duchas, totales o
parciales, y también envolviendo al paciente en sábanas mojadas, frías
o calientes. La presión hidrostática del agua en los baños estimula la
circulación de la sangre y favorece su retorno al corazón. Los gases,
casi siempre presentes en las aguas minerales, son solubles en los
lipoides (grasas) y pasan al interior del cuerpo a través de la piel, lo
mismo que el yodo, el bromo y el boro. Sin embargo, cuando las aguas se
administran por vía interna, bebidas o por otros procedimientos, sus
efectos sobre el organismo son más intensos. En todos los casos, tales
efectos dependerán de la naturaleza, la cantidad y la concentración de
las sales disueltas. En general, las concentraciones grandes favorecen la
eliminación por vía intestinal y las pequeñas estimulan la diuresis o
eliminación renal. Entre las enfermedades que, al parecer, responden más
favorablemente a la cura balnearia se encuentran las cardiovasculares, el
reumatismo crónico, incluida la gota, las neurosis, los trastornos
metabólicos, gastrointestinales, respiratorios y glandulares y algunas
enfermedades de la piel, como el eccema crónico y la psoriasis.
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