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Es
curioso observar cómo hay profesiones que han adoptado las nuevas
tecnologías desde el primer momento como si fueran algo que hubiera
existido toda la vida. Tal es el caso de secretarias, contables,
publicistas, etc. También las hay que, debido a su propia definición,
difícilmente permitirán una entrada tecnológica más allá de lo
puramente testimonial, como puede ser el caso de los artesanos, u otros
oficios afines.
En este artículo, sin embargo, quisiera
detenerme en colectivo profesional que a menudo utiliza para su trabajo
aparatología muy sofisticada, y en cambio, muestra cierto temor a todo lo
que "huela" a tecnología: la esteticista.
Cierto es que, desde tiempos
inmemoriales, el cuidado de la belleza se ha caracterizado por el
aprovechamiento y transformación de sustancias y elementos naturales, sin
ninguna necesidad de "ayuda externa". Ya en la civilización de
Egipto, y más tarde en Grecia y Roma, los aceites perfumados de flores y
los tintes con extractos naturales estaban a la orden del día, así como
el carmín para los labios, extraídos de plantas y arbustos.
El fenómeno del
móvil
Sin embargo, en estos tiempos en los que
casi cualquier actividad que hacemos está impregnada de ordenadores,
telefonía móvil, conexiones digitales, etc., la profesional de la
estética no debería escapar a los beneficios que nos brinda esta nueva
sociedad de la información. Como ejemplo, baste decir que hace tan sólo
8 ó 10 años, nadie nos hubiese tomado en serio si nos hubiéramos
atrevido a vaticinar que en el año 2002, y en España, iba a haber más
de 22 millones de móviles. ¡22 millones en un país de 40 millones de
personas! ¡Estás de broma! Y sin embargo, hoy, la gran mayoría de
esteticistas tiene un teléfono móvil y atiende llamadas de clientes que
piden cita a través de este tipo de teléfono.
Los beneficios que las nuevas
tecnologías pueden aportar a nuestro negocio son enormes. Por ejemplo,
los datáfonos, esos aparatos que permiten realizar transacciones
comerciales mediante tarjetas de crédito, se han convertido en un
servicio casi imprescindible, ya que ofrecen una gran comodidad al cliente
en el momento de pagar.
Por supuesto, los ordenadores también
son un buen ejemplo. Gracias a la creciente facilidad de uso de los
actuales sistemas operativos y programas, hoy en día es posible que una
sola persona pueda crearse su propio sistema de gestión y contabilidad,
excelentes campañas de marketing, un seguimiento personalizado de
clientes, y hasta crearse su propia página web en Internet, con tienda
virtual incluida.
Podríamos citar multitud de ejemplos
como éste, y siempre nos quedaría algo en el tintero. Aún así, parece
ser que la esteticista, por regla general, no se muestra gran amante de
las nuevas tecnologías. Quizás sea por tener un carácter más
"intimista" que el resto de profesiones, el oficio que cuida de
la belleza ha tenido hasta ahora mucho que ver con el contacto humano, con
las terapias que trabajan la sensibilidad de nuestros sentidos
(aromaterapia, masajes, etc.) e incluso con algunos desarreglos
psicosomáticos, y en cambio, ha tenido hasta ahora muy poca relación con
los fríos ordenadores, de códigos incompresibles (y en inglés,
además), con extrañas técnicas y protocolos, sólo aptos para
ingenieros, o con sofisticados sistemas de marketing y gestión, sólo
aplicables a las grandes empresas.
Compañeras de viaje
Sin embargo, y afortunadamente, los
caminos de una (la esteticista) y otra (la tecnología), van, poco a poco,
encontrándose. Por un lado, la esteticista, sin renunciar a esa especial
sensibilidad de la que suele hacer gala cuando trabaja, ya está
ofreciendo, casi sin saberlo, un amplio abanico de productos y servicios
que sólo han sido posibles gracias a la más alta tecnología
(depilación láser, aparatos de gimnasia pasiva, presoterapia) y otros
que necesitan en mayor o menor grado de la ayuda de la aparatología
moderna (tratamientos personalizados, servicios SPA, etc.)
Por otro lado, la tecnología, siendo
cada vez más sofisticada e inteligente, se ha ido acercando más y más
al usuario final, de forma que, nosotros, como ciudadanos, aún viviendo
en un mundo altamente tecnificado, no sólo no la apreciamos como algo
invasivo, sino que hoy ya nadie quiere vivir sin ella: Radio y TV, coches
cada vez más seguros e inteligentes, tarjetas de crédito, video
consolas, móviles... Todo esto es, no lo olvidemos, tecnología.
Las nuevas tecnologías están ahí, y es
un hecho que ya no se puede (y en mi opinión no se debe) cambiar. Y la
esteticista, que está demostrando día a día que sabe adaptarse a las
necesidades del mercado, tiene ahora la gran oportunidad de mejorar la
calidad de sus servicios, aprovechando las grandes posibilidades que
ofrecen los sistemas actuales. Es un paso más que debe dar como
profesional de la estética y como abanderada de la belleza y el
bienestar, especialmente aquellas que trabajan para sí mismas, o en
pequeños centros de estética, que son la gran mayoría. Las grandes
cadenas y franquicias dedicadas a la cosmética, peluquería y cuidado
personal saben perfectamente que necesitan modernizarse y ya se están
equipando adecuadamente.
No debemos pasar por alto que en muy
pocos años, cualquier profesional que se precie (y no sólo en el ámbito
de la estética), deberá saber manejarse con cierta soltura frente a
conceptos como correo electrónico, páginas web, buzón de voz, tarifa
plana, marketing on line, etc...
Es importante tener en cuenta que hoy
día un negocio ya no es solamente un local comercial a donde la gente
acude para comprar un producto o servicio. En un futuro, más cercano de
lo que parece, un centro de belleza que esté preparado para comunicarse
con sus clientes vía correo electrónico, o que ofrezca un escaparate
virtual en una página web, entre otros servicios, tendrá una importante
ventaja competitiva con respecto a otros salones más
"tradicionales" que no posean estas nuevas vías de
comercialización.
Un caso práctico
Quizás sería interesante cerrar este
artículo con un ejemplo:
Imaginemos un salón de belleza que tiene
informatizada su gestión, de tal forma que, entre otras cosas, tiene
todos los datos de sus clientes metidos en el ordenador.
Nuestro salón de estética tiene,
además de un ordenador con impresora, conexión a Internet. Un día, una
buena clienta comenta de forma informal que está pensando en ponerse las
uñas de porcelana, de cara a una boda a la que asistirá dentro de un par
de meses. María (así se llamará nuestra esteticista), no ofrece por
ahora este servicio, aunque tiene unos mínimos conocimientos sobre el
tema, por lo que le da a su clienta una breve explicación, pero sin poder
asesorarla demasiado bien. Sin embargo, tiene una agradable sorpresa para
ella, para cuando ésta vuelva a visitarla, la próxima semana.
Cuando dispone de un rato libre, María
se conecta a Internet y busca información relativa a esta técnica.
Pronto descubre que hay una web que habla del tema y ofrece información
interesante, junto con buenas fotografías. Decide imprimir ésta
información para obsequiar a su clienta con un pequeño dossier sobre
uñas de porcelana. Lógicamente, María ha aprovechado la ocasión para
informarse bien sobre el tema, y de paso valorar la posibilidad de empezar
a dar este servicio, después de haberse formado adecuadamente.
¿Qué ha hecho María?
- Demostrar a su clienta que es
importante para ella, por lo que ha buscado la forma de satisfacer su
necesidad (antes que otros lo hagan).
- Crear un vínculo con ella, por lo que
va fomentando la fidelidad de su clienta (-"¿Para qué irme a
otro sitio, si María me lo puede hacer?")
- Incrementar sus conocimientos
profesionales, al profundizar sobre un tema nuevo (reciclaje continuo)
- Mejorar la calidad e imagen de su
negocio, al existir la posibilidad de incorporar las uñas de
porcelana a su lista de servicios.
¡A esto se le llama
hacer bien las cosas, y además, crear un valor añadido a nuestro
negocio!
Cierto es que María también podría
haberlo hecho manualmente, preguntando a algún proveedor. Pero esto
hubiera supuesto una demora de tiempo, al tener que buscar teléfonos de
proveedores, esperar la visita de los comerciales, etc. La probabilidad de
que María hubiera podido "sorprender" a su clienta, hubiese
sido menor, sin duda, y probablemente, al no poder actuar de forma
inmediata, quizás ni siquiera lo hubiera hecho. Lógicamente, acciones de
marketing como la de este segundo ejemplo no se pueden hacer con todos
nuestros clientes, sino con aquellos que sean realmente significativos
para nuestra empresa, pero eso no debe ser obstáculo para que empecemos a
pensar en diferentes acciones de marketing que podamos aplicar a todos los
niveles.
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